ICONOGRAPHIA CURIOSA
De viaje con Kodak
El arranque de la fotografía popular podría muy bien situarse con exactitud hace más de 120 años con la introducción de la primera cámara Kodak, diseño del americano George Eastman (1854-1932), a quien debemos otros iventos íntimamente vinculados con el mundo de la luz, el color y sus misterios. El ingenio era simple, una sencilla caja de madera forrada de piel, pequeña y lo bastante ligera para llevarla en la mano. Hacer una toma con este primer modelo de Kodak era bastante fácil y los resultados compensaban cualquier dificultad del proceso. La cámara se vendía cargada con suficiente carrete como para obtener un centenar de fotografías; tras impresionar el papel fotosensible, la cámara se enviaba a la tienda donde la película se revelaba y se imprimía. El aspecto de estas primeras fotografías, con su obligada composición circular, les confiere, junto a otros matices ligados a las limitaciones técnicas en la obtención de la imagen, un singular e inconfundible sello. Más fotografías de la primera época de la cámara Kodak aquí y otras cosas igualmente interesantes que podrán encontrar explorando un poco en los fondos de The public Domain Review.
Volando voy

Fuente Google Patents
Fragmentos de una de las más impresionantes series de dibujos para patentes de ingenios voladores del siglo XIX, que se encuentra en la colección USPTO (United States Patent and Trademark Office) . La máquina, que ilustra a la perfección el sueño -quimérico entonces- de ganar el cielo mediante engendros mecánicos más pesados que el aire, muestra un artefacto basado en la anatomía de las aves e impulsado por la mera energía muscular del piloto. Es un esquema básico que estudia la estructura de las alas del pájaro adaptándolas al cuerpo humano. Ni que decir tiene que, a pesar de la belleza del diseño de aire leonardesco, nunca conseguiría levantar el vuelo, estando desde el principio destinado al fracaso. (1) Junto a éste hombre volador, encontrarán invenciones y engendros varios que harían palidecer al profesor Franz de Copenhagen en el blog Ptak Science Books, donde hemos visto los que les mostramos y otros no menos curiosos, como el primer “platillo volante” patentado. (2)



-Fuentes y vínculos-
(1) Más ingenios voladores en Ptak Science books
(2) También les gustará el primer “platillo volante” patentado por un humano, acá
Claroscuro y tiniebla: Gérard Trignac
Gerard Trignac, La torre
Los silencios marmóreos de la Roma imposible y onírica del mejor Piranesi parecen asomar en la obra Gerard Trignac, creador de “universos fantásticos , poseedor de un estilo y un imaginario inconfundibles“. (2)Algunas de sus inquietantes escenas podrían muy bien ilustrar las pesadillas lovecraftianas. Michel Wiedemann, profesor de la Universidad de Burdeos, nos dice sobre el artista:
“Desde el punto de vista de sus temas, Trignac es un soñador de arquitecturas que no practica ningún otro género. No hace reconstrucciones de la Roma antigua, ni inventarios del patrimonio construido, ni es un utopista que levanta los planos de la ciudad futura: se limita a dibujar sus sueños. (…) De su propio interior saca a la luz un mundo extraño de piedra o de cemento, donde las escalas de los objetos se contradicen, donde las vistas en picado o contrapicado producen vértigo. (…) Da vida a sus paisajes y escenas usando las técnicas tradicionales del aguafuerte, pero no descarta el lápiz, la acuarela o incluso el uso, en ocasiones, de medios informáticos contemporáneos para lograr la atmósfera irrepetible de sus creaciones.
Ilustración de Gerard Trignac vista en Visionary Revue (2)

Gerard TRIGNAC, la ciudad de las mil torres, grabado al aguafuerte
Embarcadero, Gerard Trignac

Gerard Trignac, el mercado
Gerard Trignac, La ciudad volante
-Fuentes y vínculos-
(1) Textos de la presentación de la galería personal del artista, aquí.
(2) Más cosas de Trignac en Visionary Revue
(3) Nuestras primeras impresiones del arte de Trignac las debemos al laborioso y sorprendente Marinni live journal
La invención de Hugo Cabret
La fabricación de un homúnculo mediante el uso de oscuras artes mágicas y espagiria, según un grabado antiguo. Via
Desde nuestro temprano encuentro con el inmortal personaje de Carlo Collodi, Pinocchio, nos ha cautivado el misterio del autómata y su versión cabalística, el homúnculo, que grandes obras de la literatura --el Frankenstein de Shelley, el Golem de Meyrinck, el Von Kempelen de Poe-- y el cine fantásticos --Wegener, Spielberg, Ridley Scott-- se han ocupado de revivir, con gran fortuna en la mayoría de los casos. La visión de la última película de Martin Scorsese, La invención de Hugo Cabret, basada en la novela homónima de Brian Selznick, resucita de nuevo, mediante un hábil uso de las artes mágicas de la cinematografía, este mito recurrente del hombre artificial, uno de los asuntos centrales de la historia de Selznick.
El homúnculo, del latín “hombre minúsculo” es en el ámbito fantástico una ser humano en miniatura --pariente simbólico del microcosmos del hermetismo-- creado a partir de diversos materiales como madera, metal, e incluso carne y tejidos orgánicos --véase el moderno Prometeo-- insuflados de vida artificialmente por medio de diversos procedimientos cabalísticos, alquímicos o mágicos. Como muchas otras formas de vida artificial, a menudo el homúculo se convierte en esclavo o sirviente --voluntario o no-- de su creador. (1) En la Invención de Hugo, además, el autómata recuerda también poderosamente al jugador de ajedrez de Maezel y aún a esas cabezas parlantes de las que está plagada la historia del ocultismo (a) , e incluso el famoso Baphomet que supuestamente adoraban los templarios, por el carácter profético u oracular que el muñeco de hojalata tiene en esta ficción, que de ningún modo pretendemos desvelarle.

Hugo, aprendiz de brujo y artífice inspirado, enfrascado en su tarea de insuflar vida al homúnculo, meta secreta de alquimistas, cabalistas y nigromantes
El autor de La invención de Hugo Cabret, Brianz Selznick, un reconocido ilustrador de cuentos infantiles-juveniles, afirma haberse inspirado paraa crear El Mundo de Hugo Cabret en el Edison’s Eve: A Magical History of the Quest for Mechanical Life, de Gaby Wood, texto que, en palabras del propio Selznick, contaba la verdadera historia de unos complejos autómatas a cuerda que fueron donados a un museo de París (3).

Ilustraciones para la Invención de Hugo Cabré (más de trescientas en el libro)
Cuando vimos el libro de Selznic en las librerías, hace unos años, nos percatamos inmediatamente de su carácter insólito y su rareza. Este volumen de más de quinientas páginas no era exactamente una novela al uso, ni siquiera una novela gráfica; tampoco era un libro de ilustraciones, aunque éstas nos llamaran la atención poderosamente. Lo que más sorprendía era la combinación pocas veces tan bien lograda de brillantez visual y atmósfera. Justo lo que la película de Scorsese ha sabido traducir admirablemente. De hecho, el propio libro original tenía mucho de cinematográfico, más allá de su valor literario, que muchos juzgan escaso, o al menos dentro de lo que se espera de una obra fantástica para jovenes.
Algunos guiños son aptos para todos los públicos








Ars moriendi

Ars moriendi –”El arte de morir“– es el nombre de un género de libro de oraciones muy popular en la Edad Media: por este nombre se designa un conjunto de “textos interrelacionados escritos en latín que contienen consejos sobre los protocolos y procedimientos para una buena muerte y sobre cómo “morir bien”, de acuerdo con los preceptos cristianos de finales del medievo (2)” . Constituyen, en cierto modo, un equivalente cristiano medieval del Bardo Thodol o Libro Tibetano de los muertos. Estos textos fueron compuestos entre “1415 y 1450, durante un periodo en el que los horrores de la peste negra y los consecuentes levantamientos populares estaban muy presentes en la sociedad. (…) Su popularidad fue tal, que se tradujo a la mayoría de las lenguas europeas occidentales y fue la primera obra de una posterior tradición literaria occidental de guías para la muerte” (ibid)
La cuestión sobre una cierta preparación moral ante la muerte era bien conocida en la literatura y la iconografía medievales, a través de las escenas de la Danzas de la Muerte y otras, “pero antes del siglo XV no existen referencias sobre una tradición literaria que tratase el asunto, sobre lo que significaba morir de buena manera o cómo hacerlo. Los protocolos, rituales y consolaciones del lecho de muerte eran reservados generalmente para los servicios de un sacerdote. El Ars moriendi era una respuesta innovadora de la Iglesia a las cambiantes condiciones causadas por la peste negra ” (2)
En el sitio que señalamos (3), se muestran dos ediciones para someterlas a una comparación: la primera, de Melchier Lotter, impresa en 1500, y la segunda, probable fuente para la primera, un libro alemán editado alrededor de 1465 . La imagen de ambas ediciones representa la “tentación del impaciente” ; en esta escena el moribundo, en su lecho de muerte, patea furioso a su médico mientras el demonio expresa su satisfacción for el éxito de su intervención. El alcance y la intención moralizantes de los textos, igual que la expresividad de sus imágenes, sigue siendo tan eficaz, para el alma sensible, hoy como entonces.
La muerte del avaro, del Bosco, composición inspirada en la escena tradicional del moribundo en su lecho de muerte, típicas del Ars Moriendi
-Fuentes y vínculos-
(1) Una edición online de Ars moriendi (“El arte de morir”) en el Elefante de Papel
(2) Textos tomados de Wikipedia, Ars Moriendi
(3) Un jugoso artículo sobre el Ars Moriendi en Un Habitante de Carsosa
(4) Más imágenes y emblemas moralizantes sobre la mortalidad y la muerte, en Ars Moriendi
(5) Una edición online de un original xilográfico del Ars Moriendi, acá
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“Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina.” , Chesterton |
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