EL FISIÓLOGO
Delirante taxidermia

Juan Cabana, Envidia
La combinación o yuxtaposición extravagante de diferentes esqueletos y restos animales para la fabricación de una criatura de pesadilla, bestia mítica o ejemplar bizarro, más propio de los delirios del Bosco, Füseli o Giger que de un tratado de zoología, ha sido un truco clásico de la taxidermia usado durante siglos. El artista Juan Cabana es un virtuoso en este aspecto; su singular obra da forma a fabulosos especímenes de justa fama en el pasado, como la sirena de Fidji, híbrido de pez, mono y ser humano. En tono claramente lovecraftiano, Cabana afirma “Siempre me atrajeron las criaturas extrañas. Más tarde me obsesioné con los relatos que informaban sobre sirenas y monstruos marinos, tal como los describen los marineros de todo el mundo. Creo que los seres humanos evolucionaron de un antepasado, aún por descubrir, que vivió en el mar. Hemos sido creados en un ambiente acuoso y nuestra sangre es como el agua salada” (n) . Mención aparte merece su serie de monstruos inspirados en los siete pecados capitales. Pueden verla aquí.

Juan Cabana, Gula

Juan Cabana, Ira

La famosa sirena de Fidji, una fuente de inspiración segura para los trabajos de Juan Cabana
-Fuentes y vínculos-
(1) Juan Cabana y sus curiosos bichos disecados, en Life After Death
(2) La serie completa sobre los pecados capitales de Juan Cabana, aquí
(3) La taxidermia gana protagonismo en el arte contemporáneo tras las contribuciones de Damien Hirst. Véase.
La esfinge decadente I

Ningún siglo ha representado la mujer como vampiro o ente demoníaco y explorado a fondo su dimensión más oscura con tanta insistencia y de forma tan reiterada, programática y cruda como el siglo XIX. Bien lo saben los autores del fantástico Idols of Perversity, un libro excelente y bien documentado donde se estudia a fondo esta fijación de la corriente simbolista –especialmente– y de intelectuales y artistas de fin de siécle, en general, con el lado más siniestro de lo femenino. Hacia 1900, la visión generalizada entre los hombres de ciencia, médicos y pintores, representantes de una cultura decadente y crepuscular, parecía entender que la dama que rechazaba el papel de la mujer hogareña – impuesto socialmente– pasivo y dócil, descendía inevitablemente hacia lo bestial o lo diabólico. El arte de esa época pasaba a representar a este tipo de mujer como un auténtico “ídolo de perversidad” ( ), enroscada como una serpiente, como belleza felina, monstruo, criatura enigmática o como una rara flor de maligna belleza.

Franz von Stuck, el Beso de la Esfinge. Óleo/lienzo
Una de las formas más clásicas de la encarnación decadentista de este aspecto o vertiente sombría de la mujer es la Esfinge, que ha sido figurada a lo largo de los siglos como una figura agazapada o en reposo, con cabeza de león, aunque su aspecto sufriría variaciones según qué épocas. Monstruo liminar, custodio de las puertas de la ciudad de Tebas, sometía a los viajeros a complejos acertijos y devoraba a los que no superaban la prueba , que jamás podrían pasar a través de las puertas de la ciudad. En este episodio comprobamos claramente el parentesco simbólico de la esfinge con el monstruo andrófago, guardián del acceso al lugar sagrado; la asociación de la mujer, en ocasiones, con la detentora de secretos o poderes sobrenaturales, –Pandora, Eva– sobre todo en culturas primitivas o en la literatura griálica, pudiera constituir quizá un indicio de la vertiente más luminosa del simbolismo de la mujer como esfinge. Como suma de fuerzas contradictorias, la esfinge se erige como una figura misteriosa y fascinante cuya curiosidad atrae y paraliza al mismo tiempo, ejerciendo ese poderoso infljujo hipnótico que a menudo se atribuye a las serpientes. Se dice que los griegos llamaban a la esfinge la estranguladora; la explicación pudiera estar en el simbolismo de su función de abrir y cerrar puertas, umbrales o pasos liminares, verdaderas fauces de la muerte para aquellos que no superan la prueba; como las Simplégades, constituyen un emblema del paso angosto o peligroso, en cierto modo una estrechura que conduce sólo a los iniciados al recinto sagrado.

Františec Bilek
Entre los artistas del simbolismo, la esfinge llegaría a ser un motivo recurrente, y la expresión más sublime, quizá, de la idea de la mujer como ídolo de perversidad, misterio, fuerza animal y caótica al mismo tiempo. En muchas de sus obras la esfinge se presenta ya como hembra lasciva, insaciable y vampirica, ya como madre devoradora; mostrando sus senos aparentemente dadores de vida tras las mortíferas garras. La imagen de la esfinge también fue objeto de creaciones literarias de la época; los decadentistas encontraron en este monstruo un símbolo que encajaba perfectamente en su ideario, en todos sus aspectos: el exotismo de países lejanos y la antigüedad, el aroma de un misticismo evocado por los ritos de civilizaciones perdidas, el erotismo salvaje de una hembra monstruosa y hambrienta; el misterio de la existencia, la vida y la muerte.
Abajo, František Drtikol , Cleopatra (esfinge)
Fernand Khnopff, la Esfinge. visto en Archivesphinx


-Fuentes y vínculos-
(1) Idolos de perversidad , BRAM DIJKSTRA, DEBATE, 1993
(2) La dama de Corinto, en Viajes con mi tía
(3) Monster Brains, Boleslas Biesgas
(4) La esfinge de los decadentes, en Victorian Web
(5) La mujer como encarnación del mal y …
(6) Constructing the decadent sphinx, en -Victorian Web
(8) La SPhinx decadente; topos et poetique de la transgression Lise Revo-Marzouk
(9) La esfinge como tema literario y poético en Victorian Web
(10) Esfinges y mujeres vampiro en Empusas, Lamias y Éstriges
La Virgen y el Dragón II

Imagen del brněnský drak, el dragón de Brünn/Brno (Praga)
El studiolo de un alquimista, un brujo o un antiguo químico nunca estaría completo sin la presencia, magnífica y terrible, del cadáver momificado o convenientemente disecado de un formidable cocodrilo suspendido del techo, emblema del Ouroboros , Dragón Primoridal y símbolo de la Gran Obra alquímica. La imagen del saurio presidiendo el oscuro rincón de las transmutaciones, el taller o el laboratorio, está justificada por su sentido simbólico y encuentra quizá su origen en la representación clásica del viejo museo, wunderkammer o “cámara de las maravillas” ( ), como se aprecia especialmente en un famoso grabado de 1655 que vemos más abajo. Pero no sólo eran exclusivos del antro hermético; los cocodrilos como trasunto del dragón también fueron frecuentes en nuestras iglesias. (2)
El cocodrilo preside, suspendido del techo, la cámara de las maravillas y el antro hermético
En su estupendo y muy recomendable estudio sobre Cocodrilos y Ballenas en las iglesias (1), Joan de Deu Doménech analiza y explica esta reiterada presencia del lagarto en los templos españoles, considerando varias hipótesis, desde la dimensión votiva del reptil a la asociación del templo cristiano con el wunderkammern o cámara de las maravillas, que tuvimos ocasión de explorar detenidamente en nuestro anterior post sobre este asunto. Aunque fue una práctica extendida en buena parte de Europa –se hallan ejemplares de cocodrilos disecados en templos franceses, ingleses, checos e italianos– , resulta interesante destacar la especial relevancia del fenómeno en España: ” Es posible que en nuestro país se hayan dado más casos por nuestra conexión con las Américas y la proximidad a África, además de un clíma más templado que permitiría la subsistencia de saurios. No obstante hay otros ejemplos, como el dragón de Sainkt-Gallén, que se dice que apareció en un lago suizo y que fué traido por un peregrino de Tierra Santa en el siglo XV o el XVI y que hoy se encuentra muy bien conservado en el Museo de Historia Natural de Saint-Gallén. (4) .
Tan corriente llegaría a ser antiguamente esta inclusión del cocodrilo en nuestras iglesias que el inspirado artífice del blog Poemas del río Wang habla de una auténtica “invasión” de dragones ( 3 ) en Europa , de los cuales el más famoso sería el llamado Lagarto de la Malena, en Jaén, “cuya leyenda refiere que este reptil viviría oculto en una poza o fuente en el barrio de la Magdalena (o Malena) en la capital jiennense, de la que surgía a menudo para diezmar el ganado que acudía a abrevar o en ocasiones, devorar a los aterrorizados pastores. Finalmente, un audaz viajero conseguiría darle muerte, acabando con el reinado del terror de la criatura, aunque aquí las distintas fuentes aún no se ponen de acuerdo sobre el modo en que el caballero logró terminar con la formidable bestia, pues para algunos fue un veneno mortífero – preparado de acuerdo con la misma receta de que fulminó al Dragón de Brno, en Praga– , mientras que otros opinan que el héroe cubrió su cuerpo de espejos que cegaron al monstruo facilitando su derrota. Como quiera que sea, su piel, a modo de trofeo, fue conservada durante mucho tiempo en la Iglesia de San Ildefonso, en Jaén, donde aún hoy se recuerda bajo la efigie esculpida del lagarto en la Fuente de la Malena.

El lagarto de la Malena, en Jaén, custodiando la fuente primordial. Fuente: Ianua Caeli
Existen otros muchos ejemplos de leyendas como ésta de la Malena en torno al cocodrilo, o su alter ego simbólico, el dragón, que tratan de explicar la presencia de algunos de estos saurios en el interior del templo o sus alrededores. Un caso muy curioso es el del dragón de Valencia, o el Lagarto del Viso, en Ciudad Real. Similar al mismo es el ya mencionado Dragón de Brno, en la república checa “del cual se cuenta que llegó a la ciudad nadando por el río Svratka y aterrorizó a la población devorando todo lo que se ponía a su alcance. (…) Todo aquel que osara enfrentárse al monstruo fracasaba, hasta que un viajero logró hacer tragar al animal una bolsa con cal viva introducida en un trozo de carne de buey, que al reaccionar le causó la muerte. El cadaver fué recuperado , restaurado y colgado bajo la torre del reloj de la ciudad” (4) Estas y otras fórmulas parecidas constituyen una enésima variación, más o menos florida, del mito heróico del matador de dragones, cuyo origen habría que buscarlo en un trasfondo simbólico muy antiguo, asociado al más amplio de la serpiente y el monstruo como guardianes de tesoros (n) o custodios del lugar sagrado –fuente, árbol de la vida, cueva o gruta maravillosa– del que se encuentran muchos testimonios en las más diversas culturas. A veces el núcleo del mito original –como el de Apolo y Pitón, por ejemplo– se reviste de símbolos o metáforas cristianos; en el caso del lagarto de la Malena y en otros muchos, el cocodrilo se ceba en las ovejas, erigiéndose así en enemigo directo del pastor, subrayando su asociación simbólica con el demonio –el Adversario–, el dragón o la serpiente antigua, cercano también al lobo como eterno rival de Cristo, el buen Pastor, guardián del rebaño. En otros casos el héroe matador del dragón es un Cruzado, esto es, un soldado de Cristo, redundando en la misma significación. En todos estos ejemplos y aún en otros, podrían establecerse paralelismos de las leyendas sobre cocodrilos con un contexto cristiano, donde tendrían una intención moralizante.
El cocodrilo, estrella del wunderkammer o museo de las maravillas
Hay también testimonios escritos que sugieren esta vinculación del cocodrilo y el dragón más allá de un mero contexto simbólico. Así, Domenech (1) dice que en marzo de 1786, al visitar la ermita de Saint Agnés Francisco Zamora anota que «se guarda un grandísimo hueso que tiene la figura de una costilla y pretenden que era del referido dragón», refiriéndose al dragón Sant Llorenç del Munt. La misma creencia se da en Ávila; en la ermita de Sonsoles hay un caimán que el caballeero Luis de Pacheco hizo traer desde las Indias. Junto al altar hay una pintura que recoge el momento en que el caballero mata a la bestia, representada como un dragón y no como la criatura que se expone en los muros de la iglesia. (…) De modo similar, en el monasterio de Wilten (Austria) decían tener a la vista de los fieles la lengua de un dragón que había asolado la región durante años; la lengua del monstruo que, pasado el tiempo, resultó ser la mandíluba de un pez espada.

El camino que recorrerían estos especímenes de cocodrilos y ballenas, misteriosos y de una rara belleza, antes de llegar al museo, según cuenta Domenech en su obra (3), era largo y tortuoso y a menudo empezaba en el lugar de culto ”abierto al público y que exponía joyas, pinturas, objetos extraños y maravillosos. La primera etapa de este recorrido eran las cámaras de maravillas y colecciones de arte del siglo XVI, antecedentes de nuestros modernos museos; allí se arrinconaban junto a conchas de tortuga, retortas y alambiques, serpientes y criaturas retorciéndose en formol. “Después vendrían otras etapas: la galería, las colecciones reales y aristocráticas (…) . Con el tiempo las pinturas y esculturas dejarán la iglesia; lo mismo habrá de suceder a las magníficas osamentas de ballena y pieles de cocodrilo, y en general a todas las mirabilia” que durante siglos causaron el asombro y el temor reverencial de fieles, peregrinos y curiosos. Desprovistos de su función sagrada, de su significádo más profundo, estos vestigios perdieron todo su valor: “El museo no los quería, los estudiosos del arte no los reconocen como objetos dignos de su interés o sus disquisiciones. Por otra parte, las colecciones de historia natural poseían ejemplares mejor conservados.” El espectador interesado puede encontrarlos hoy, vivos, en un zoo. Para los escasos fieles que frecuentan el templo, ajenos al simbolismo de estos tesoros, no son sino despojos. Es curioso –continúa diciendo este autor–“que las pocas pieles de caimanes que han ido a parar a museos, ha sido a museos de titularidad eclesiástica. En la diócesis de Palma está el del Dragón de Na Coca; en la de Solsona, un trozo de los hueos que había en Sant Llorenç del Munt. Los otros se han quedado donde estaban, en la iglesia, pero arrinconados” y , como el arpa de Bécquer, silenciosos y cubiertos de polvo, olvidados de todos.
Algunos de los más destacables cocodrilos disecados en los templos de España que jalonan nuestra particular “Ruta del Dragón” (Imagen by Flegetanis).
Con la inestimable colaboración de nuestros amigos lectores quizá podamos completar este itinerario.
La presencia del cocodrilo ya no sorprende hoy día, dice Doménech, “ni a fieles ni a infieles. Hace muchos años que dejaron de ser una maravilla ( *), esto es, objetos dignos de admiración. No es el momento de ponerse a pontificar sobre el concepto de lo sagrado y la pérdida de los valores y el sentido de lo maravilloso –y lo simbólico– en el tránsito de una sociedad civil a una industrial (…) ; todo lo que había sido -tradicionalmente- considerado digno de atención y contemplación (…) ha quedado en simple curiosidad. El cocodrilo de Ripoll, ya en los años treinta del siglo XIX, no estaba expuesto, sino retirado en los fondos de la Iglesia de San Eudald. Lo mismo sucedió con el caimán de los capuchinos de Sarria, en Barcelona. En 1929 hacía ya muchos años que los cocodrilos habían dejado de representar cualquier idea de lo sagrado y lo maravilloso.

Se nos plantea esta reflexión final: Cocodrilos y ballenas, ¿qué son ahora? Apenas una curiosidad local; vestigios con sabor entre lo exótico, lo lengendario y lo misterioso. Han pasado a engordar, en el mejor de los casos, el conjunto de tradiciones y costumbres folclóricas de una u otra población, para “hacer las delicias de guías turísticas especializadas en rutas por lugares insólitos (8) y supuetamente mágicos. Encontraremos al cocodrilo allá donde se den cita los “prodigios voladores, luces misteriosas, gente que camina sobre las brasas (…) ” (1) o improbables enigmas templarios. Antaño monstruo sagrado de primera magnitud, el cocodrilo de la iglesia ha quedado en nada; literalmente un pellejo, una cáscara, vacía de todo contenido espiritual; un jeroglífico ajado e ininteligible, que parece no tener interés sino para agencias de turismo que promueven la búsqueda del exotismo, tergiversando el espíritu de todo cuanto era presagio y maravilla , manera de vivir y de creer.
-Fuentes y vínculos-
(1) Fragmentos de texto traducidos libre y reverencialmente de LOCVS AMOENVS 5, 2000-2001 Joan de Déu Domènech, Cocodrilos y ballenas en las iglesias
(2) La Virgen y el Dragón I, en Viajes con mi tía
(3) Dragon invasion, en Poemas del río Wang
(4) Dragones de andar por casa, en las Cosas de Jaime
(5) En la singular boutique de nuestra tía, a la venta un formidable cocodrilo disecado, en excelentes condiciones, extraído de algún viejo wunderkammer.
(6) Otro ejemplar de cocodrilo disecado en San Ginés, aunque generalmente no está a la vista de los fieles, sino oculto bajo el altar, según parece.
(8) Véase como ejemplo, sin ánimo de ofender, nuestra exótica -pero respetuosísima- Ruta del Dragón.
Cuadrúpedos de leyenda

Un dragón de los muchos ejemplares que campan a sus anchas por el libro de Edward Topsell, Historia de los Cuadrúpedos y Serpientes (1658)
Bestias y criaturas de apariencia imposible y milagrosas habilidades, custodios de secretos o griales, son un asunto inexcusable de los más clásicos y recomendables relatos de viajes y aventuras, así como fauna común de la cartografía antigua, cuando los mapas aún propiciaban el vuelo prodigioso de la imaginación. El volumen The History of Four-Footed Beasts and Serpents (1658) de Edward Topsell está literalmente plagado de estas asombrosas criaturas. Describía mamíferos y reptiles, reales y fabulosos, conviviendo alegremente gracias a la magia de la xilografía. Su autor publicaría originalmente una Historia Ilustrada de los Cuadrúpedos (Illustrated Historie of Foure-footed Beastes, Describing the True and Lively Figure of Every Beast ) en 1607; un año más tarde le seguiría su Historia de las Sierpes ( The Historie of Serpents; Or the Second Booke of Living Creatures) Posteriormente, de modo póstumo, en 1658, veinte años tras su deceso, los tratados zoológicos de Topsell fueron reimpresos juntos como parte de una obra en tres volúmenes llamado definitivamente Historia de las Bestias cuadrúpedas y las serpientes.

Con 111 (*) páginas consagradas a diversos especímenes zoológicos, la obra de Topsell recogía por enésima vez descripciones más o menos ajustadas sobre animales reales así como leyendas y fábulas de animales míticos o imaginarios. Como no era un auténtico naturalista, el autor apoyaba sus comentarios y observaciones en reputadas publicaciones de autoridades clásicas, especialmente el Historiae animalium del erudito suizo Conrad Gessner. La Historia de los Cuadrúpedos de Topsell se basaba sobre todo en este clásico de Gesner, un colosal estudio en latín en cinco volúmenes, publicado en Zurich en 1550. A pesar de inspirarse largamente en el trabajo sesudo de expertos naturalistas del pasado, Topsell continúo haciéndose eco de leyendas y rumores antiquísimos, atribuyendo cualidades y atributos bizarros e imposibles a criaturas reales.

La fabulosa y sonriente manticora, según el libro de Edward Topsell (1658) Historia de los Cuadrúpedos y Serpientes
Una lamia, según las descripciones de Topsell

Arriba, tres láminas de la obra de Edward Topsell, donde conviven criaturas fabulosas y mitológicas con animales reales

-Fuentes y vínculos-
(1) Para una excelente muestra de las imágenes de las bestias -fabulosas, exóticas o reales, del libro de Edward Topsell, véase el sitio de la University of Houston Digital Libraries ; el menú desplegado aquí(2) Un artículo en wikipedia sobre el ingenuo naturalista que nos hizo soñar –aún– con la existencia de criaturas legendarias de configuración imposible
(3) Muchas de las imágenes del fantástico libro de Topsell en Marinni Live Journal
(4) Las Bestias fantásticas del libro de Topsell, aquí.
(*) 111, cifra que sincromística, curiosa y caprichosamente hemos asociado en ocasiones al dragón, la bestia apocalíptica , el 666 y el mosntruo devorador de almas, Ammit, de la escena psicostasia egipcia.
El gigante de Cardiff
El Gigante de Cardiff aglutina las miradas de una miríada de espectadores ávidos de milagros. Noten los ecos de Paul Delvaux y su Venus dormida en este singular grabado.
El Gigante de Cardiff, un colosal hombre de piedra de más de tres metros de longitud, vio la luz, emergiendo del subsuelo el 16 e octubre de 1869, cuando fue descubierto por un grupo de trabajadores que estaban cavando un pozo en la propiedad de William C. “Stub”, en Nueva York. El impresionante hallazgo causó de inmediato un tremendo revuelo, provocando que cientos de personas hicieran un largo viaje hasta el lugar para ver el gigante (2). Sin embargo, a pesar de la expectación generada por el descubrimiento de los colosales restos, muy pronto se sabría que lo realmente gigantesco era el fraude perpetrado por George Hull, un fabricante de tabaco y ateo recalcitrante quien, tras largas discusiones con un sacerdote fundamentalista sobre arduas cuestiones teológicas, concibió burlarse de las creencias de su oponente. Recordando las referencias bíblicas sobre “gigantes en la tierra”, en los pasajes sobre los célebres nephilim del Genesis VI, 4, Hull pensó si gente como su rival teólogo podrían tomar por un auténtico “gigante petrificado” una enorme estatua de piedra fabricada y desenterrada ex profeso. Y decidió ponerse manos a la obra.
Al parecer, según cuentan diversos relatos fidedignos, Hull talló una escultura sirviéndose de su propia efigie como modelo. Tenía alrededor de tres metros cuando la dio por terminada; entonces resolvió darle un baño de ácido sulfúrico y acribillarla con diversos objetos punzantes, para deteriorar su superficie y darle un aspecto más antiguo. Luego la enterró –suponemos que con la colaboración de algunos compinches bromistas– en el terreno de un amigo en Cardiff. El chiste costó a Hull más de dos mil dólares, pero pensó que gracias a la credulidad del público deseoso de admirar el increíble artefacto podría fácilmente recuperar su inversión.
Y no se equivocó en absoluto, porque las ganancias que generó el espectáculo montado en torno al “descubrimiento” del gigante de Cardiff fueron ernormes: ” miles de personas acudían a ver el engendro, por lo que terminó vendiendolo por 37,500 dólares a un grupo de empresarios de Syracuse. Fue allí cuando un paleontólogo de Yale estudió al Gigante de Cardiff con detenimiento y lo declaró un fraude bastante burdo, pues según él, hasta se veían las marcas de los cinceles (1)
Pero contínuemos con la narración cronológica de los acontecimientos. Tras el ocultamiento de la estatua, un año después, en 1869, varios obreros que estaban cavando un pozo en el mismo enclave “descubren” los restos y los desentierran. La estatua fue inmediatamente denunciada como un fraude, pero, a pesar de ello, como Hull adivinaba, su autenticidad fue fervientemente defendida por los cristianos fundamentalistas, que pronto la usaron como contundente prueba de la verosimilitud de las Sagradas Escrituras. El acalorado debate que generó el falso descubrimiento arqueológico reportó unos cuantiosos ingresos al artífice del engaño, a razón de cincuenta centavos por persona.

Transportando los restos del gigante a Syracuse, según un grabado de la época
El espectáculo del gigante de Cardiff resultó un negocio tan lucrativo para sus creadores que incluso P.T. Barnum (el padre de la sirena de Fejee y otras singulares criaturas, y mago de los espectáculos circenses) creó su propio gigante esculpido –una copia fraudulenta del primer fraude– para exhibirlo en una tournée por varios lugares. Fue sólamente cuando los dos gigantes, original y réplica, coincidieron en Nueva York cuando se destapó el asunto y todo el mundo se percató del engaño. El “falso” gigante de Barnum puede verse, según se cree, en el bizarro Marvin Marvelous Mechanical Museum, en Farmintong Hills, Michigan.
Fotografía del “gigante” publicada en la revista Strand, en 1895, según reza el pie de la foto. El ataúd se apoya sobre un vagón de ferrocarril, para dar una idea de su escala.
Del descubrimiento arqueológico inicial, con ínfulas de trabajo científico, el gigante evoluciona rápidamente al freak show y de aquí a coger telarañas en una propiedad particular en Des Moines. Unos años más tarde, la New York Historical Association lo adquiere por treinta mil dólares a su último propietario y lo traslada a Cooperstown, donde se halla, en el Museo de los Granjeros, desde entonces.
El coloso sigue durmiendo el sueño de los siglos, oculto bajo una carpa, en el lugar mencionado. Para admirarlo en todo su esplendor aún hay que pagar una entrada, a un precio módico. George Hull estaría orgulloso. El gigante de Cardiff ha sido considerado recientemente una de las Siete Maravillas Forteanas de América.
-Fuentes y vínculos-
(1) El gigante de Cardiff, el mayor engaño antropológico
(2) Más sobre el gigante de Cardiff en The Museum of Hoaxes
(3) La fascinante historia del gigante de Cardiff, en el artículo más completo que hemos encontrado (en inglés)
(4) Algo más sobre el tema y otras extravangancias en Bizarre Bazaar
(4) El Hombre de hielo de Minnesota, un pariente lejano del gigante de Cardiff y, quizá, nuestro enigma favorito, sobre el que volveremos si la ocasión se tercia, para hablar “largo y tendido”. Entretanto, véase el particular enfoque que los escépticos de Magonia dan a esta fascinante historia.
(5) Gigantes en la tierra, una perspectiva bíblica e inquietante, aunque improbable, del fenómeno del gigantismo, según Steve Quayle
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“Examinadlo todo; retened lo bueno” , Tesalonicenses, V, 21 |
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