Balcón pompeyano

12 febrero
2015
escrito por Flegetanis
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El Balcón, 1954, óleo de Antonio López García

 

Hace unos días, revisando por enésima vez alguno de nuestros libros de pintura, nos sentimos afortunados por lo que pensamos fue un pequeño hallazgo, de ésos que nos permiten decir eureka con la boca pequeña, o de esos otros a los que se puede aplicar con justeza la sentencia se non è vero, è ben trovato.

El asunto es que observando atentamente los detalles de un cuadro del genial Antonio López García titulado “El balcón” (1954) nos preguntamos si cuando el maestro pintaba la jarrita de cristal del primer plano (con una deformación casi cubista y una estructuración del espacio similar) tenía en mente de algún modo esta otra  jarra que aparece en un célebre fresco pompeyano y que mostramos más abajo.

 

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Fragmento de un fresco pompeyano. La jarrita del primer término, en un difícil escorzo, nos resultó evocadora de unas formas análogas en la pintura El Balcón, de Antonio López García

 

Todos tenemos nuestras fuentes e influencias, y este genio moderno de la pintura no podía escapar a este axioma. Se ha documentado en diversas ocasiones la presencia del arte de Pompeya en la obra de Antonio López, especialmente en su primera época, una influencia que podría rastrearse quizá hasta la aparición de su cuadro “La Alacena”.

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Sinforoso y Josefa, hacia 1955, un cuadro de Antonio López donde explora la temática del retrato doble de familiares cercanos inspirándose en modelos arcaicos de la escultura funeraria romana

 

 

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En los relieves funerarios romanos quizá encontró Antonio López una fuente de referencia para sus primeros retratos, que guardan una composición similar y aún una intención, en su papel de efigie,  análogo a los primeros. 

Relieve funerario romano

Relieve funerario romano

Podemos adivinar esos ecos pompeyanos no sólo en el uso que el pintor hace de la textura y el compoente máterico -casi informalista- de aquellos primeros cuadros, y que nos remiten a esos antiguos frescos romanos mordidos por el tiempo; sino también en la composición, cercana al relieve, que Antonio López empieza a practicar en la misma época, e incluso en algunos de los temas abordados en su obra, especialmente el retrato doble, reservado a familiares cercanos, como en el caso de los abuelos Sinforoso y Josefa. 

 

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El pintor Antonio López García y su amigo Francisco López Hernández en uno de sus primeros viajes a Pompeya, en los años 50

 

 

Antonio López viajó de joven a Pompeya y lo ha hecho en otras ocasiones, acompañado por su mujer, la pintora María Moreno, y por viejos amigos y colegas de trabajo. Imaginad qué habría sido de su obra si sus primeras influencias hubiesen sido otras bien diferentes. Ya sabemos que en su época de estudiante el acceso a material impreso de calidad, o incluso la visitas a museos o exposiciones eran mucho más difíciles que hoy día. ¿Cómo habría sido la evolución del arte de Antonio López sin esa impronta del arte pompeyano?

 

Antonio López y Maria Moreno en Pompeya, hacia los años 80

Antonio López y Maria Moreno en Pompeya, hacia los años 80

 

Es fascinante cómo los pioneros en cualquier ámbito elaboran su discurso, cuando aún no existe un “estilo” y casi sin saberlo, con esa honestidad en la que tanto insiste Antonio López, crean el lenguaje al par que exploran el medio o la técnica. Pienso en los primeros retratos, de Al Fayum, o los frescos pompeyanos, impresionantes en su sinceridad, visualmente impactantes, muy cerca de su función como efigie y ligados a lo funerario. Antonio López, como gran artista, fue sensible a ese misterio del arte pompeyano y de algún modo aquél sirvió de levadura y fermento para gestar esa obra suya primera que aún nos entusiasma y nos abruma con su honestidad y poderoso discurso visual.

 

Notas, fuentes y vínculos

(1) Parte de la obra de Antonio López García en este álbum de Pinterest
(2) Antonio López García viaja a Pompeya

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