Archivo de marzo 7th, 2010
El niño que fuimos
¿Quién es este niño por el que sentimos esta profunda ternura? ¿Qué queda de él en nosotros? Mirar estas fotos del niño que fuimos nos produce la extrañeza de mirarnos a un espejo y nos hace preguntarnos sobre la identidad (1) ,la vida y –una vez más– el inexorable paso del tiempo. Pero experimentamos, además de esta tristeza, la certeza de la aceptación sincera y el amor por nosotros, tan difíciles a veces de reconocer y alcanzar. También nos parece que, definitivamente, nos acerca a nuestros padres, por cuanto al contemplar la imagen compartimos ese mismo sentimiento de protección y entrega sin condiciones hacia la criatura que somos nosotros mismos.
Para nostálgicos y cuarentones, estas sabias palabras, que nos hablan de ese mundo ideal y lejano de la infancia, recomendándonos rescatar, si lo hemos perdido, al niño que fuimos: La niñez es un tiempo “en el que uno puede quedarse si quiere; no hay ninguna ley que lo prohíba… no hay más que cerrar los ojos con fuerza y pedirlo con convicción. No hay nada malo en hacerse mayor; al contrario, pero el único pecado real que existe, es el de borrar al niño que fuimos de nuestra memoria.” Como rezaba un antiguo spot de televisión, de no se qué producto milagroso, “naciste puro, mantente sano”; o mejor aún, expresado en términos bíblicos, diríamos que “esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que El me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final.” (3)
(1) Porque en este caso el dicho es verdadero: “Uno es el que siembra y otro el que siega”
(2) Tomado de nuestro amigo el kioskero del antifaz
(3) (Jn VI:39)
La señal de Jonás
“No se dará a esta generación ninguna señal (Mc 7,12), sino la señal de Jonás”. (Mt 16,4)
Desde un tiempo a esta parte nos persigue este poderoso símbolo (1), en el que alguna vez habíamos pensado como posible epitafio personal, en cuanto su vinculación con la muerte y la resurreción, así como, en otro orden de cosas, con el monstruo devorador en algunas formas iniciáticas tradicionales o, más remotamente, con los ritos de paso y algunas ceremonias de caracter iniciático en culturas primitivas (2). En plena madurez, nuestras circunstancias individuales nos invitan a plantearnos estas y otras reflexiones de índole parecida, que quizá podrían ser también del interés de algunos de ustedes. Elegimos esta imagen, con su discurso simbólico de naturaleza escatológica evidente, como signo de cuanto representa para nosotros haber alcanzado la cuarentena, en la que vemos, consideraciones menores aparte, un próximo –por lo íntimo y personal– memento mori.
(La representación de Jonás y la Ballena en la portada románica de Ripoll)

(Pila bautismal en Boadilla del Camino. Crédito: el eterno aprendiz)
(1) Honestamente debemos decir que son dos asuntos simbólicos diferentes los que de modo especial nos preocupan últimamente: el de la ballena y el más oscuro y complicado de la sirena. Es nuestro propósito dedicar a ambos algunas líneas próximamente si nos conceden el tiempo necesario.
(2) Esta misma mañana, casualmente –¿o deberíamos decir providencialmente?– hemos visto un interesante documental sobre los ritos de iniciación llamados “mucandas”, de una remota región africana, cuyo propósito es transformar a los jóvenes en adultos. Durante el período ceremonial, que puede durar varios meses, los mistés o iniciandos son alojados en una cabaña alejada del poblado, que en determinados casos se figuraba como el estómago de un monstruo devorador, como explicaba con detalle Mircea Elíade en una de sus obras.
(n) Sobre el profundo simbolismo de la ballena y su relación con la doctrina de los ciclos, véase Los misterios de la letra Nun, de René Guènon.
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“Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo” , Pablo Neruda |
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